El verano es el momento perfecto para romper rutinas. Pasamos más horas con los niños, compartimos más helados, comidas e improvisaciones al sol. Sin darnos cuenta, también compartimos nuestra propia relación con la comida.
Ellos no solo absorben los nutrientes, absorben cada frase, norma y comentario que escuchan en casa.
“Si te portas bien, te compro un helado”. “Si no te acabas la verdura, no hay postre”. Frases comunes que usamos para gestionar el día a día y que esconden un mensaje peligroso.
Convertir la comida en un premio altera su brújula interna. El helado deja de ser un disfrute veraniego, se convierte en el trofeo a su buen comportamiento. La verdura pasa a ser un mal por el que hay que pasar. Así es como los niños desconectan de su hambre real, empiezan a comer por emoción, culpa o por cumplir un expediente.
Además, tu espejo corporal es el suyo.
“Mamá no come carbohidratos porque engordan”. “Hoy tengo que compensar el exceso de ayer”, “Papá toma esto para adelgazar”. Creemos que estos comentarios solo hablan de nosotros, pero para ellos son sentencias absolutas.
Escuchar que un alimento es “malo” genera rigidez mental, aprenden temprano a clasificar la comida con etiquetas morales. Si ven que los adultos viven en guerra con su cuerpo, replicarán el modelo. El cuerpo deja de ser su hogar para volverse un escaparate.
Los niños nacen sabiendo autorregularse de forma natural. Si no tienen hambre tras una tarde de playa, no pasa nada, su cuerpo ya tiene suficiente energía disponible por hoy o si piden repetir un día activo, tampoco pasa nada.
Olvídate de reglas rígidas, especialmente en la alimentación infantil. Protege su derecho a comer sin culpa ni juicios externos, enseñándoles a escuchar sus señales de hambre – saciedad, y a construir una relación sana con su cuerpo basada en el respeto.
El verano es el mejor momento para crear un entorno seguro y flexible en la alimentación de tus hijos.